El extractivismo verde
13/10/2023 Por XR Argentina
El extractivismo verde
En el actual escenario de policrisis civilizatoria lo que está en cuestión es el actual modelo basado en el crecimiento ilimitado.
Pero aún podemos evitar lo peor si nos organizamos. Ya basta de que nos piensen desde el Norte.
Lo que sigue es una versión resumida de una guía para entender lo que significa el modelo extractivista para el Sur global. La nota original es de Maristella Svampa y Breno Bringel, y está disponible en este link:
Del «Consenso de los Commodities» al «Consenso de la Descarbonización» | Nueva Sociedad
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Sabemos por experiencia que los extractivismos basados en el acaparamiento de tierras, materiales y mano de obra destruyen comunidades, territorios y biodiversidad.
Las economías del Norte deben salir de su adicción tóxica a los combustibles fósiles y cambiar a energías renovables. Sin embargo, no están dispuestas a bajar su “perfil metabólico” de sobreconsumo, su manera de relacionarse con la naturaleza.
Para que China, Estados Unidos y Europa transiten hacia la desfosilización, necesitan enormes cantidades de minerales críticos, y eso significa más zonas de sacrificio en el Sur global.
Frente a la urgencia de la descarbonización los países desarrollados del Norte pretenden saltarse la transición socioecológica –que debe abarcar los planos energético, productivo, alimentario y urbano– y limitarse a cambiar los combustibles fósiles por energías supuestamente limpias.
Una verdadera transición que nos permita salir de este círculo tóxico no puede limitarse al cambio de la matriz energética de los países desarrollados: eso solo sirve a la continuidad global del modelo de sobreproducción y sobreconsumo que nos trajo hasta acá.
Las transiciones ecosociales no pueden limitarse a cuestiones climáticas y energéticas, como propone el modelo de transición dominante, sino que deben tener un carácter holístico, integral.
Reformular el sistema energético es inexorable, pero también hay que cambiar el modelo productivo y urbano, así como los vínculos con la naturaleza.
En esta transición, lo social no puede separarse de lo ambiental, y la justicia social, ambiental, étnica, racial y de género son también indisociables.
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Los grandes consensos capitalistas
Durante la Guerra Fría (1947- 1991) se hablaba de un mundo bipolar: dos bloques, el comunista y el capitalista, en las antípodas ideológicas: Oriente contra Occidente.
A partir de la caída del Muro de Berlín (1989) toma forma un imaginario basado en consensos capitalistas globales:
El Consenso de Washington
Empieza en la década de 1980 y se afirma en los 90. Este período se caracteriza por la liberalización de la economía, la desregulación del mercado, las privatizaciones de las empresas de servicios y el achicamiento de los Estados. El fundamentalismo de mercado impone al neoliberalismo como única alternativa.
Este consenso se valió de las instituciones financieras internacionales (Banco Mundial, FMI y Organización Mundial del Comercio) para controlar y regular la globalización. Al Sur global se le impuso una serie de políticas de ajuste y el de libre mercado. También se reafirmó su destino como zona de sacrificio apta para el aprovisionamiento de materiales y alimentos que terminaron fogoneando el crecimiento desmesurado de las economías del Norte.
Este nuevo orden económico, político e ideológico sostenido por los altos precios internacionales de las materias primas, el recordado “viento de cola”, provocó graves efectos ambientales y múltiples crisis económicas y sociales.
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La expansión de la demanda mundial de alimentos, hidrocarburos, cobre, oro, plata, estaño, bauxita y zinc nos fue presentada como una “oportunidad económica”. Pero lo que en realidad hizo el extractivismo fue reprimarizar la economía a expensas de la biodiversidad y expulsar poblaciones de sus territorios.
Aumentó la conflictividad social y la resistencia de comunidades y movimientos sociales para enfrentar la expansión del agronegocio, los megaproyectos de minería a cielo abierto y la expansión de la frontera hidrocarburífera mediante tecnologías no convencionales (fracking, offshore).
Surgieron redes y movimientos sociales contra los tratados de libre comercio y la globalización. Así fue como las movilizaciones del “ciclo progresista” latinoamericano fueron abriendo el camino hacia otros mundos posibles.
Pero los movimientos ecoterritoriales no se limitaron a resistir sino que cultivaron alternativas al desarrollo como el Buen Vivir, los bienes comunes, la plurinacionalidad, los derechos a la naturaleza y el paradigma de los cuidados sobre las que volveremos más adelante.
En simultáneo con la depreciación de los commodities las megacorporaciones transnacionales, instituciones y gobiernos empiezan a colocar en la agenda la necesidad de una descarbonización de la matriz energética.
Así surgen marcos de referencia como el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Las potencias, incluidas algunas que eran abiertamente negacionistas del cambio climático, empiezan a ofrecer “soluciones climáticas” como el objetivo de Neutralidad de Carbono (NetZero) para 2050 y el más reciente de los consensos capitalistas: el Consenso de la descarbonización.
Este nuevo discurso da por sentado que, por motivo de la urgencia climática, la única transición posible y realista es la corporativa (a cargo de grandes empresas).
Aparece un estado eco corporativo: la transición verde queda a cargo de los privados y la naturaleza es vista exclusivamente como sujeto económico. El sector público queda subsumido a poco más que un gerente de los intereses privados.
En esta fase, a los commodities tradicionales se suman minerales críticos para la transición energética como el litio, el cobalto, el grafito, el indio, entre otros, y las tierras raras.
Los actores dominantes adoptan esta agenda porque la ven como una nueva ventana de oportunidad de posicionamiento geopolítico y acumulación capitalista. Pretenden alcanzar la carbono neutralidad (equilibrio entre emisiones y captación de carbono) sin cambiar los patrones de producción, consumo, circulación de bienes y generación de desechos.
Aún reconociendo la emergencia climática, promueven la explotación de bienes naturales y defienden el mito del crecimiento económico indefinido.
Así es como las empresas fósiles y su poderoso lobby deciden dejar la descarbonización para más adelante y se dedican a extraer hasta la última gota de petróleo.
El despojo ambiental del Sur global, que afecta la vida de millones de seres humanos y seres sintientes no humanos, compromete más aún la biodiversidad y destruye ecosistemas estratégicos, como el Amazonas y los humedales.
El Sur es usado como un almacén de recursos inagotables, un territorio sin derechos ni justicia de donde se extraen los minerales para que el Norte global tenga su transición energética en paz y sin sobresaltos. Asimismo, el Sur es el destino de los desechos generados por esta nueva revolución industrial.
El consenso de la descarbonización presenta un mapa diferente al de los combustibles fósiles. Las regiones clave para la explotación de los minerales críticos para los “negocios verdes" se concentran en el Sur global: África subsahariana, Sudeste asiático, Sudamérica, Oceanía y China.
Pero la transición propuesta por este ideario corporativo es insostenible:
Según el Banco Mundial “la extracción de grafito, litio y cobalto podría aumentar un 500% de aquí a 2050 para satisfacer la creciente demanda de tecnologías de energía limpia”. Y habrá que extraer más de 3.000 millones de toneladas de minerales y metales para la generación de energía eólica, solar y geotérmica, así como para almacenar esa energía.
Simplemente no se puede extraer y movilizar semejante volumen de minerales sin secuelas socioambientales gravísimas, y la realidad es que no hay litio ni minerales críticos que alcancen si no se adecuan los actuales patrones de producción y consumo a la capacidad biofísica del planeta.
La extracción de litio y cobalto para automóviles eléctricos amenaza al llamado “triángulo del litio” sudamericano. La creciente demanda de madera balsa de la Amazonía ecuatoriana para la construcción de aerogeneradores demandados por China y países europeos destruye comunidades, territorios y biodiversidad, y los megaproyectos de paneles solares e infraestructuras de hidrógeno profundizan el acaparamiento de tierras.
El mercado está muy concentrado en las grandes empresas. En el caso del litio de Argentina y Chile, al final de la cadena global de valor están los gigantes Toyota, BMW, VW, Audi, Nissan, General Motors y oligopolios eléctricos, como Vestas y Tesla.
Un 50% de la industrialización de las baterías para las automotrices se concentra en empresas chinas y el control de la extracción también está dominado por unas pocas corporaciones: la estadounidense Albemarle, la chilena SQM, la norteamericana Livent Corp, Orocobre de Australia y GanFeng Lithium de China.
La extracción de litio avanza sin licencia social, acuerdo o consulta a las comunidades indígenas que habitan esos territorios desde hace milenios y que denuncian el sobreconsumo de agua y otros impactos en la extracción.
Un caso emblemático es el de Salinas Grandes en Jujuy, donde un conjunto de comunidades indígenas, “las 33 comunidades”, rechaza la extracción de litio en sus territorios, exige una consulta previa, libre e informada y defiende una perspectiva holística y ancestral, que integra el territorio, la autonomía, el Buen Vivir, la plurinacionalidad, el agua y la sustentabilidad de la vida.
Otra de sus características es que la lucha contra el cambio climático se reduce a la “métrica del carbono”: una contabilidad internacional en la que créditos y débitos de emisiones de gases de invernadero generan la ilusión de que se está haciendo algo. De esta manera no solo siguen contaminando sino que además se hacen nuevos negocios con la contaminación, como el comercio de compensación de emisiones.
Con el objetivo de preservar el estilo de vida y el consumo actual, especialmente de los países del Norte, el Consenso de la descarbonización acelera la “brecha metabólica”, la desconexión entre la humanidad y el resto de la naturaleza, y la división entre la ciudad y el campo.
Pero la transición no puede limitarse a un cambio de matriz energética que garantice la continuidad de un modelo insustentable.
Qué tienen en común los 3 consensos
Uno elemento que se repite es el discurso de la inevitabilidad: no hay alternativa a la extracción de materiales ya que lo que se persigue es un desarrollo continuo.
Otra coincidencia es que en todos estos consensos el poder recae en actores no democráticos (grandes corporaciones, actores financieros y organizaciones internacionales). Esto impide cualquier posibilidad de gobernanza democrática.
Por citar un ejemplo, las Conferencias de Partes (COP) que deberían ser foros multilaterales para luchar contra el cambio climático, son cada vez más ferias de negocios del capitalismo verde para mantener las relaciones de poder energético entre el Norte y el Sur.
Un tercer punto en común es que los megaproyectos tendientes al control, la extracción y la exportación de bienes naturales necesitan garantizar “seguridad jurídica” a los capitales. Para esto se crean bases normativas y legales que aseguran la mayor rentabilidad empresarial.
Los nuevos tratados bilaterales de comercio que la UE negocia con Chile y México (entre otros) incluyen capítulos de energía y materias primas que buscan garantizar el acceso a los minerales críticos para la transición.
En la declaración del Pacto Verde Europeo figura que “el acceso a los recursos es una cuestión de seguridad estratégica” y que es imprescindible “asegurar la oferta de materias primas sostenibles, en particular las necesarias para la tecnología renovable, digital, espacial y de defensa”.
No solo la UE, carente de minerales críticos, es la que busca acceso. China, pese a contar con estos minerales, se encuentra muy bien posicionada en el Sur global, donde desde hace dos décadas viene realizando inversiones muy agresivas en los sectores extractivos estratégicos.
La puja se completa con EEUU. Todxs ya hemos escuchado cómo la jefa del Comando Sur, Laura Richardson, dejaba en claro el interés estratégico que representa América del Sur para su país en lo que concierne al agua, petróleo, litio, entre otros recursos.
Otro denominador común a estos tres consensos es el rol del Estado.
Así como el Consenso de Washington se caracterizó por una lógica de Estado mínimo y el Consenso de los Commodities sostuvo un Estado regulador aliado al capital transnacional, con el Consenso de la Descarbonización emerge un Estado planificador “eco corporativo”, sometido al sector privado más concentrado, que busca aunar transición verde con la financiarización de la naturaleza.
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Es necesario reconfigurar el sistema financiero internacional: en un escenario de policrisis civilizatoria ningún país se salva solo.
Para que la descarbonización sea un hecho real y pueda salir de esta lógica perversa, es necesario un cambio estructural.
Una transición ecosocial justa no puede limitarse a lo local. Esto implica incorporar el imperativo del decrecimiento por parte del Norte global, así como la deuda ecológica que este tiene con los pueblos del Sur, buscando puentes entre los actores y diagnósticos en pos de una justicia ecológica global.
El Norte global debe comenzar a decrecer urgentemente en varios ámbitos: en términos de consumo, de transporte de seres y mercancías y de reparto de horas de trabajo. La desmaterialización (reducción en la intensidad de uso de materias primas y energía) es inevitable.
Si bien la responsabilidad prioritaria es del Norte global, esto no habilita a pensar que se trata solo de “una cosa del Norte”, como muchas veces se sostiene en el debate público, y que el Sur tenga que reivindicar su “derecho al desarrollo”, pues el llamado desarrollo y la lógica del crecimiento indefinido son lo que hoy nos empuja al colapso.
El decrecimiento es una exigencia de justicia global. Además, como vienen advirtiendo varios referentes del decrecimiento tales como Hickel “el decrecimiento es una exigencia de descolonización. Los países del Sur deben ser libres para organizar sus recursos y su trabajo en torno de la satisfacción de las necesidades humanas y no en torno del servicio del crecimiento del Norte”.
Argentina
La sobreexplotación de los recursos naturales se intensifica cuando las relaciones comerciales empeoran para las economías extractivas, que tienen que hacer frente a los pagos de la deuda externa y financiar las importaciones necesarias. La presión ejercida sobre la periferia para extraer recursos naturales se agrava en el contexto de deuda.
Esto sucede hoy en día en Argentina, país que arrastra una deuda externa que en apariencia invalida cualquier alternativa de cambio que no sea expandir las fronteras del extractivismo para obtener los dólares para pagarle al FMI.
Deuda POR Naturaleza
Desde hace décadas existen iniciativas para una reparación integral por las responsabilidades históricas que buscan compensar deuda ecológica con deuda externa.
En febrero de 2023, el movimiento Deuda por Clima lanzó una invitación a reunirse para discutir la condonación de la deuda del Sur global y permitir así una transición justa.
Si algo parecido fue posible para Alemania en un contexto de posguerra, ¿por qué no lo sería para los países del Sur, en este escenario de pospandemia y de emergencia climática?
Construir transiciones justas
A diferencia de lo que impone el consenso de la descarbonización, la energía debe ser un derecho, y la soberanía energética, un horizonte para el sostenimiento del tejido de la vida.
La justicia ecosocial debe encaminarse a eliminar la pobreza y desmontar las relaciones de poder. En un horizonte de transición energética justa, hay que dejar los combustibles fósiles bajo tierra e ir “desescalando” los procesos de explotación hidrocarburífera.
La transición energética no puede hacerse a costa del agua, los ecosistemas y los pueblos.
No podemos conformarnos con nuevas narrativas ecoutópicas acerca de un mundo que nos gustaría vivir; debemos potenciar estas prácticas, impulsadas por comunidades, organizaciones y movimientos sociales diversos, que ya existen y prefiguran alternativas a las sociedades actuales.
Las transiciones ecosociales locales pueden ampliarse, conectarse e inspirar otras realidades.
Sus ejes estratégicos son:
No es cuestión de juntar movimientos por el clima sino que además es preciso integrar aquellas luchas que no siempre se han conectado entre sí, pero que tienden a adherir al paradigma de las transiciones justas: movimientos feministas, antirracistas, campesinos, indígenas, animalistas, sindicales, de economía popular y solidaria, entre otras.
Sin movilización social constante, coordinada y masiva, difícilmente ocurrirá alguna de estas transformaciones.
Lejos de las salidas individualistas que se desprenden del “Consenso de la Descarbonización”, la salida es colectiva y no es solo técnica, sino profundamente política.
La clave está en generar procesos de confluencia y de liberación cognitiva en donde podamos ser sujetos valiosos, aunque no únicos, capaces de una construcción urgente y necesaria, una historia interespecie que merezca ser vivida.
En el actual escenario de policrisis civilizatoria lo que está en cuestión es el actual modelo basado en el crecimiento ilimitado.
Pero aún podemos evitar lo peor si nos organizamos. Ya basta de que nos piensen desde el Norte.
Lo que sigue es una versión resumida de una guía para entender lo que significa el modelo extractivista para el Sur global. La nota original es de Maristella Svampa y Breno Bringel, y está disponible en este link:
Del «Consenso de los Commodities» al «Consenso de la Descarbonización» | Nueva Sociedad
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Sabemos por experiencia que los extractivismos basados en el acaparamiento de tierras, materiales y mano de obra destruyen comunidades, territorios y biodiversidad.
Las economías del Norte deben salir de su adicción tóxica a los combustibles fósiles y cambiar a energías renovables. Sin embargo, no están dispuestas a bajar su “perfil metabólico” de sobreconsumo, su manera de relacionarse con la naturaleza.
Para que China, Estados Unidos y Europa transiten hacia la desfosilización, necesitan enormes cantidades de minerales críticos, y eso significa más zonas de sacrificio en el Sur global.
Frente a la urgencia de la descarbonización los países desarrollados del Norte pretenden saltarse la transición socioecológica –que debe abarcar los planos energético, productivo, alimentario y urbano– y limitarse a cambiar los combustibles fósiles por energías supuestamente limpias.
Una verdadera transición que nos permita salir de este círculo tóxico no puede limitarse al cambio de la matriz energética de los países desarrollados: eso solo sirve a la continuidad global del modelo de sobreproducción y sobreconsumo que nos trajo hasta acá.
Las transiciones ecosociales no pueden limitarse a cuestiones climáticas y energéticas, como propone el modelo de transición dominante, sino que deben tener un carácter holístico, integral.
Reformular el sistema energético es inexorable, pero también hay que cambiar el modelo productivo y urbano, así como los vínculos con la naturaleza.
En esta transición, lo social no puede separarse de lo ambiental, y la justicia social, ambiental, étnica, racial y de género son también indisociables.
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Los grandes consensos capitalistas
Durante la Guerra Fría (1947- 1991) se hablaba de un mundo bipolar: dos bloques, el comunista y el capitalista, en las antípodas ideológicas: Oriente contra Occidente.
A partir de la caída del Muro de Berlín (1989) toma forma un imaginario basado en consensos capitalistas globales:
El Consenso de Washington
Empieza en la década de 1980 y se afirma en los 90. Este período se caracteriza por la liberalización de la economía, la desregulación del mercado, las privatizaciones de las empresas de servicios y el achicamiento de los Estados. El fundamentalismo de mercado impone al neoliberalismo como única alternativa.
Este consenso se valió de las instituciones financieras internacionales (Banco Mundial, FMI y Organización Mundial del Comercio) para controlar y regular la globalización. Al Sur global se le impuso una serie de políticas de ajuste y el de libre mercado. También se reafirmó su destino como zona de sacrificio apta para el aprovisionamiento de materiales y alimentos que terminaron fogoneando el crecimiento desmesurado de las economías del Norte.
Este nuevo orden económico, político e ideológico sostenido por los altos precios internacionales de las materias primas, el recordado “viento de cola”, provocó graves efectos ambientales y múltiples crisis económicas y sociales.
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La expansión de la demanda mundial de alimentos, hidrocarburos, cobre, oro, plata, estaño, bauxita y zinc nos fue presentada como una “oportunidad económica”. Pero lo que en realidad hizo el extractivismo fue reprimarizar la economía a expensas de la biodiversidad y expulsar poblaciones de sus territorios.
Aumentó la conflictividad social y la resistencia de comunidades y movimientos sociales para enfrentar la expansión del agronegocio, los megaproyectos de minería a cielo abierto y la expansión de la frontera hidrocarburífera mediante tecnologías no convencionales (fracking, offshore).
Surgieron redes y movimientos sociales contra los tratados de libre comercio y la globalización. Así fue como las movilizaciones del “ciclo progresista” latinoamericano fueron abriendo el camino hacia otros mundos posibles.
Pero los movimientos ecoterritoriales no se limitaron a resistir sino que cultivaron alternativas al desarrollo como el Buen Vivir, los bienes comunes, la plurinacionalidad, los derechos a la naturaleza y el paradigma de los cuidados sobre las que volveremos más adelante.
En simultáneo con la depreciación de los commodities las megacorporaciones transnacionales, instituciones y gobiernos empiezan a colocar en la agenda la necesidad de una descarbonización de la matriz energética.
Así surgen marcos de referencia como el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Las potencias, incluidas algunas que eran abiertamente negacionistas del cambio climático, empiezan a ofrecer “soluciones climáticas” como el objetivo de Neutralidad de Carbono (NetZero) para 2050 y el más reciente de los consensos capitalistas: el Consenso de la descarbonización.
Este nuevo discurso da por sentado que, por motivo de la urgencia climática, la única transición posible y realista es la corporativa (a cargo de grandes empresas).
Aparece un estado eco corporativo: la transición verde queda a cargo de los privados y la naturaleza es vista exclusivamente como sujeto económico. El sector público queda subsumido a poco más que un gerente de los intereses privados.
En esta fase, a los commodities tradicionales se suman minerales críticos para la transición energética como el litio, el cobalto, el grafito, el indio, entre otros, y las tierras raras.
Los actores dominantes adoptan esta agenda porque la ven como una nueva ventana de oportunidad de posicionamiento geopolítico y acumulación capitalista. Pretenden alcanzar la carbono neutralidad (equilibrio entre emisiones y captación de carbono) sin cambiar los patrones de producción, consumo, circulación de bienes y generación de desechos.
Aún reconociendo la emergencia climática, promueven la explotación de bienes naturales y defienden el mito del crecimiento económico indefinido.
Así es como las empresas fósiles y su poderoso lobby deciden dejar la descarbonización para más adelante y se dedican a extraer hasta la última gota de petróleo.
El despojo ambiental del Sur global, que afecta la vida de millones de seres humanos y seres sintientes no humanos, compromete más aún la biodiversidad y destruye ecosistemas estratégicos, como el Amazonas y los humedales.
El Sur es usado como un almacén de recursos inagotables, un territorio sin derechos ni justicia de donde se extraen los minerales para que el Norte global tenga su transición energética en paz y sin sobresaltos. Asimismo, el Sur es el destino de los desechos generados por esta nueva revolución industrial.
El consenso de la descarbonización presenta un mapa diferente al de los combustibles fósiles. Las regiones clave para la explotación de los minerales críticos para los “negocios verdes" se concentran en el Sur global: África subsahariana, Sudeste asiático, Sudamérica, Oceanía y China.
Pero la transición propuesta por este ideario corporativo es insostenible:
Según el Banco Mundial “la extracción de grafito, litio y cobalto podría aumentar un 500% de aquí a 2050 para satisfacer la creciente demanda de tecnologías de energía limpia”. Y habrá que extraer más de 3.000 millones de toneladas de minerales y metales para la generación de energía eólica, solar y geotérmica, así como para almacenar esa energía.
Simplemente no se puede extraer y movilizar semejante volumen de minerales sin secuelas socioambientales gravísimas, y la realidad es que no hay litio ni minerales críticos que alcancen si no se adecuan los actuales patrones de producción y consumo a la capacidad biofísica del planeta.
La extracción de litio y cobalto para automóviles eléctricos amenaza al llamado “triángulo del litio” sudamericano. La creciente demanda de madera balsa de la Amazonía ecuatoriana para la construcción de aerogeneradores demandados por China y países europeos destruye comunidades, territorios y biodiversidad, y los megaproyectos de paneles solares e infraestructuras de hidrógeno profundizan el acaparamiento de tierras.
El mercado está muy concentrado en las grandes empresas. En el caso del litio de Argentina y Chile, al final de la cadena global de valor están los gigantes Toyota, BMW, VW, Audi, Nissan, General Motors y oligopolios eléctricos, como Vestas y Tesla.
Un 50% de la industrialización de las baterías para las automotrices se concentra en empresas chinas y el control de la extracción también está dominado por unas pocas corporaciones: la estadounidense Albemarle, la chilena SQM, la norteamericana Livent Corp, Orocobre de Australia y GanFeng Lithium de China.
La extracción de litio avanza sin licencia social, acuerdo o consulta a las comunidades indígenas que habitan esos territorios desde hace milenios y que denuncian el sobreconsumo de agua y otros impactos en la extracción.
Un caso emblemático es el de Salinas Grandes en Jujuy, donde un conjunto de comunidades indígenas, “las 33 comunidades”, rechaza la extracción de litio en sus territorios, exige una consulta previa, libre e informada y defiende una perspectiva holística y ancestral, que integra el territorio, la autonomía, el Buen Vivir, la plurinacionalidad, el agua y la sustentabilidad de la vida.
Otra de sus características es que la lucha contra el cambio climático se reduce a la “métrica del carbono”: una contabilidad internacional en la que créditos y débitos de emisiones de gases de invernadero generan la ilusión de que se está haciendo algo. De esta manera no solo siguen contaminando sino que además se hacen nuevos negocios con la contaminación, como el comercio de compensación de emisiones.
Con el objetivo de preservar el estilo de vida y el consumo actual, especialmente de los países del Norte, el Consenso de la descarbonización acelera la “brecha metabólica”, la desconexión entre la humanidad y el resto de la naturaleza, y la división entre la ciudad y el campo.
Pero la transición no puede limitarse a un cambio de matriz energética que garantice la continuidad de un modelo insustentable.
Qué tienen en común los 3 consensos
Uno elemento que se repite es el discurso de la inevitabilidad: no hay alternativa a la extracción de materiales ya que lo que se persigue es un desarrollo continuo.
Otra coincidencia es que en todos estos consensos el poder recae en actores no democráticos (grandes corporaciones, actores financieros y organizaciones internacionales). Esto impide cualquier posibilidad de gobernanza democrática.
Por citar un ejemplo, las Conferencias de Partes (COP) que deberían ser foros multilaterales para luchar contra el cambio climático, son cada vez más ferias de negocios del capitalismo verde para mantener las relaciones de poder energético entre el Norte y el Sur.
Un tercer punto en común es que los megaproyectos tendientes al control, la extracción y la exportación de bienes naturales necesitan garantizar “seguridad jurídica” a los capitales. Para esto se crean bases normativas y legales que aseguran la mayor rentabilidad empresarial.
Los nuevos tratados bilaterales de comercio que la UE negocia con Chile y México (entre otros) incluyen capítulos de energía y materias primas que buscan garantizar el acceso a los minerales críticos para la transición.
En la declaración del Pacto Verde Europeo figura que “el acceso a los recursos es una cuestión de seguridad estratégica” y que es imprescindible “asegurar la oferta de materias primas sostenibles, en particular las necesarias para la tecnología renovable, digital, espacial y de defensa”.
No solo la UE, carente de minerales críticos, es la que busca acceso. China, pese a contar con estos minerales, se encuentra muy bien posicionada en el Sur global, donde desde hace dos décadas viene realizando inversiones muy agresivas en los sectores extractivos estratégicos.
La puja se completa con EEUU. Todxs ya hemos escuchado cómo la jefa del Comando Sur, Laura Richardson, dejaba en claro el interés estratégico que representa América del Sur para su país en lo que concierne al agua, petróleo, litio, entre otros recursos.
Otro denominador común a estos tres consensos es el rol del Estado.
Así como el Consenso de Washington se caracterizó por una lógica de Estado mínimo y el Consenso de los Commodities sostuvo un Estado regulador aliado al capital transnacional, con el Consenso de la Descarbonización emerge un Estado planificador “eco corporativo”, sometido al sector privado más concentrado, que busca aunar transición verde con la financiarización de la naturaleza.
____________________________________
Es necesario reconfigurar el sistema financiero internacional: en un escenario de policrisis civilizatoria ningún país se salva solo.
Para que la descarbonización sea un hecho real y pueda salir de esta lógica perversa, es necesario un cambio estructural.
Una transición ecosocial justa no puede limitarse a lo local. Esto implica incorporar el imperativo del decrecimiento por parte del Norte global, así como la deuda ecológica que este tiene con los pueblos del Sur, buscando puentes entre los actores y diagnósticos en pos de una justicia ecológica global.
El Norte global debe comenzar a decrecer urgentemente en varios ámbitos: en términos de consumo, de transporte de seres y mercancías y de reparto de horas de trabajo. La desmaterialización (reducción en la intensidad de uso de materias primas y energía) es inevitable.
Si bien la responsabilidad prioritaria es del Norte global, esto no habilita a pensar que se trata solo de “una cosa del Norte”, como muchas veces se sostiene en el debate público, y que el Sur tenga que reivindicar su “derecho al desarrollo”, pues el llamado desarrollo y la lógica del crecimiento indefinido son lo que hoy nos empuja al colapso.
El decrecimiento es una exigencia de justicia global. Además, como vienen advirtiendo varios referentes del decrecimiento tales como Hickel “el decrecimiento es una exigencia de descolonización. Los países del Sur deben ser libres para organizar sus recursos y su trabajo en torno de la satisfacción de las necesidades humanas y no en torno del servicio del crecimiento del Norte”.
Argentina
La sobreexplotación de los recursos naturales se intensifica cuando las relaciones comerciales empeoran para las economías extractivas, que tienen que hacer frente a los pagos de la deuda externa y financiar las importaciones necesarias. La presión ejercida sobre la periferia para extraer recursos naturales se agrava en el contexto de deuda.
Esto sucede hoy en día en Argentina, país que arrastra una deuda externa que en apariencia invalida cualquier alternativa de cambio que no sea expandir las fronteras del extractivismo para obtener los dólares para pagarle al FMI.
Deuda POR Naturaleza
Desde hace décadas existen iniciativas para una reparación integral por las responsabilidades históricas que buscan compensar deuda ecológica con deuda externa.
En febrero de 2023, el movimiento Deuda por Clima lanzó una invitación a reunirse para discutir la condonación de la deuda del Sur global y permitir así una transición justa.
Si algo parecido fue posible para Alemania en un contexto de posguerra, ¿por qué no lo sería para los países del Sur, en este escenario de pospandemia y de emergencia climática?
Construir transiciones justas
A diferencia de lo que impone el consenso de la descarbonización, la energía debe ser un derecho, y la soberanía energética, un horizonte para el sostenimiento del tejido de la vida.
La justicia ecosocial debe encaminarse a eliminar la pobreza y desmontar las relaciones de poder. En un horizonte de transición energética justa, hay que dejar los combustibles fósiles bajo tierra e ir “desescalando” los procesos de explotación hidrocarburífera.
La transición energética no puede hacerse a costa del agua, los ecosistemas y los pueblos.
No podemos conformarnos con nuevas narrativas ecoutópicas acerca de un mundo que nos gustaría vivir; debemos potenciar estas prácticas, impulsadas por comunidades, organizaciones y movimientos sociales diversos, que ya existen y prefiguran alternativas a las sociedades actuales.
Las transiciones ecosociales locales pueden ampliarse, conectarse e inspirar otras realidades.
Sus ejes estratégicos son:
1. la energía (comunitaria)
2. la alimentación (agroecología y soberanía alimentaria)
3. la producción y el consumo (estrategias de desrelocalización y prácticas posextractivistas de economía social y solidaria, agricultura urbana)
4. trabajo y cuidados (redes de cuidados y sociabilidades anticapitalistas)
5. infraestructuras (vivienda, movilidad, etc.)
6. cultura y subjetividad (cambio cultural y de mentalidad)
7. disputa política y normativa (generación de nuevos imaginarios políticos vinculados a los derechos territoriales y de la naturaleza, la ecodependencia, los ecofeminismos, la justicia en todas sus dimensiones y la ética interespecie).
No es cuestión de juntar movimientos por el clima sino que además es preciso integrar aquellas luchas que no siempre se han conectado entre sí, pero que tienden a adherir al paradigma de las transiciones justas: movimientos feministas, antirracistas, campesinos, indígenas, animalistas, sindicales, de economía popular y solidaria, entre otras.
Sin movilización social constante, coordinada y masiva, difícilmente ocurrirá alguna de estas transformaciones.
Lejos de las salidas individualistas que se desprenden del “Consenso de la Descarbonización”, la salida es colectiva y no es solo técnica, sino profundamente política.
La clave está en generar procesos de confluencia y de liberación cognitiva en donde podamos ser sujetos valiosos, aunque no únicos, capaces de una construcción urgente y necesaria, una historia interespecie que merezca ser vivida.